Dios quiere darnos una visión más clara de lo que somos - nuestra identidad. Hasta ahora, nuestra percepción al respecto ha sido inexacta. Si maduramos y encaramos las responsabilidades de la vida, Dios nos iluminará para que sepamos lo que significa ser Su pueblo. El Salmo 40 nos dice cuál es nuestra predisposición como pueblo de Dios.
Sacrifico y ofrenda no te agrada; has abierto mis oídos; holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón. Sal. 40:6-8.
En estos días Dios nos ha llamado para celebrar nuestra vida y nuestra relación de pacto con El y uno con el otro. También nos llama a recordar y conmemorar lo que Jesuús hizo en el aposento alto cuando celebró la cena del nuevo pacto y, cincuenta días después, cuando escribió por el Espíritu Santo, ese mismo pacto en el corazón de los discípulos. Al celebrar las verdades que Dios nos ha dado en nuestro caminar juntos, oímos su llamado a comprometernos de nuevo con El, con nuestros hermanos, con nuestro patrimonio espiritual, y sobre todo con Su propósito en la tierra. Jesús, nuestro ejemplo, declaró: "He aquí, vengo a hacer tu voluntad, Dios mío". De la misma manera, el llamamiento es a comprometernos con la suprema voluntad de Dios.
Somos un pueblo que camina en dirección opuesta a la sociedad en que vivimos. Esa sociedad está en un curso de deheneración: es un proceso de decadencia, Nosostros estamos en uno de regeneración. Ella va huyendo; nosotros estamos en marcha examinando de dónde hemos venido y adónde vamos. Nos dirigimos en oposición directa a las fuerzas que dominan esta sociedad humanista en que vivimos. ¿Qué significa en esta hora ser parte del pueblo de Dios? Quiero enfatizar que somos "parte" porque ninguno de nosotros se cree ser la totalidad, ni siquiera ser por el momento una porción apreciable de su pueblo. Somos sólo una parte, tal vez muy pequeña, pero pertenecemos al pueblo de Dios. Sin embargo, se hace necesario que consideremos lo que eso significa.
LA CIUDAD DE DIOS El pueblo de Dios es una ciudad con fundamentos. Pablo dice en 1 Corintios 3:10-15:
Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo como sabio arquitecto establecí un fundamento, y otro está edificando sobre él. Pero cada uno tenga cuidado de cómo edifica encima. Porque nadie puede establecer otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Ahora bien, si sobre el fundamento alguno edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará evidente, porque el día la descubrirá, pues con fuego será revelada, y el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno. Si permanece la obra de alguno que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida...
El edificio que Dios nos ha ordenado construir tiene fundamentos. Tiene que ser edificado sobre la solidez de la piedra angular que es Jesucristo y también sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas como dice Efesios 2:20. Este fundamento son las relaciones de pacto. Jesús tomó hombres que sabían cumplir con un pacto y los moldeó según su deseo. No escogió a los mejores hombres en términos de habilidad, sino que los escogió por su integridad y por su capacidad de recibir enseñanza y entrenamiento. Jesús puso solidez en ellos. No solo los metió en algo, sino que puso algo dentro de ellos. Entonces, un día, mientras comían la Pascua, que era la cena del Pacto, les dijo: "Este es mi cuerpo y mi sangre que les doy". Cuando ellos recibieron estos elementos de compromiso, un fuerte vínculo se formó entre Cristo, la piedra angular, y los apóstoles y profetas fueron incluídos también como parte del fundamento sobre el que edificaron los profetas que vinieron después. Israel cayó y Jerusalén también, pero el fundamento y la Iglesia sobrevivieron, La Iglesia cayó sobre Roma y literamente conquistó su imperio. Roma cayó, pero la Iglesia sobrevivió. Avanzó sobre Europa y dominó a las culturas paganas con su mensaje de pacto. Europa se levantó para ejercer su soberanía sobre el mundo entero a través del colonialismo, pero luego se debilitó mientras que la Iglesia permaneció fuerte. La Iglesia vino a América y sentó sus raíces en tierra nueva y creció. La civilización occidental pudiera estar a punto de caer, pero la Iglesia no está edificada sobre ella. Ya estaba en el mundo antes que ella y continuará. Hemos pasado por tiempo en los que los teólogos y algunos líderes eclesiásticos han retado el fundamento sometiendo a la santa palabra de Dios a todo tipo de crítica. La Iglesia ha resistido cien años o más de escepticismo cuando pudo haber ejercido su influencia piadosa. Escuelas completas se han levantado para picar y cincelar nuestros fundamentos, para cuestionar a Jesuús, a Pablo y a Pedro en un intento de rebajarlos al nivel de la fragilidad humanista. No cuestionamos nuestros fundamentos, sino que nos examinamos a nosotros mismos. No es Pablo, ni la Biblia, ni Jesús que están en juicio. Es la Iglesia de nuestros días y la sociedad secular que se juzgan. Ya es tiempo que dejemos de enjuiciar a la Biblia y dejemos que esta nos juzgue a nosotros. El fundamento ha permanecido. Usted y yo tenemos que edificar sobre el mismo fundamento. Nosotros somos los que tenemos que probarnos, los que debemos tener cuidado mientras edificamos para poner solo oro, plata y piedras preciosas en el templo de Dios. El vela sobre su edificio y prueba nuestros corazones para ver con qué material construimos. El material tiene que ser eterno como el pacto. Lo que hacemos hoy debe tener la misma calidad de compromiso que tuvieron los apóstoles en sus días.
Tomado de la revista Vino Nuevo, Marzo/Abril 1981.
|